sábado, 30 de septiembre de 2023

EL FERIANTE (CAPÍTULO 1)

Una de las ventajas de haber estado destinado en la oficina del Escuadrón de Plana Mayor, es que toda la información de la unidad pasa por tus manos, por tus ojos o por tus oídos, tan solo hay una condición para saber, sin ser pretencioso, la extrema discreción.

Un chisme, un rumor o un comentario a destiempo puede causar más daño de lo que pretendemos, lo que para nosotros pretende ser una broma, una vejación, un insulto o un "yo la tengo más larga..." tiene todos los ingredientes para poder convertirse en algo doloroso para la persona en la que descargamos nuestras propias frustaciones. No hay que olvidar o dejar de lado al rebaño de borregos que se ríe y aplaude al "ejecutor", probablemente sea el "supremo líder" y aquellos que calla por el "que dirán", son los supremos gilipollas. Normalmente son los mismos que luego pretenden dar lecciones de ejemplaridad.

Luis Antonio V. A., era un tipo bajito, con la cara picada de viruela, desgarbado pero limpio, con unos intensos ojos azules de mirada perdida y cargada de dolor. Estábamos en un tiempo en el que las novatadas estaban prohibidas por el mismo JEME, en cartas enviadas a todos los jefes de unidad; cualquier novatada iba a ser llevada a juicio, el temido "Castillo" iba a estar más cerca que el calabozo local de los regimientos. El chaval era gaditano, igual que no voy a decir su apellido, tampoco escribiré su ciudad de origen.

Luis Antonio era bajito porque el peso de su bolsa escrotal no le permitía crecer más. Era un hombre muy trabajador y reservado, acostumbraba a pasear solo por la linea de carros y los límites del Regimiento, apenas entablaba conversación con otros soldados a la hora del racho y lo estrictamente necesario durante su turno de trabajo en los talleres de chapa y pintura. Con apenas dos meses en la unidad, una piara (he dicho piara y lo mantengo) de soldados más antiguos, intentaron forzarle a hacer una novatada, Luis Antonio se negó mirándolos desde su escaso metro sesenta de altura y uno de ellos extrajo unos puños americanos de su bolsillo. Luis Antonio en lugar de aminlanarse sacó a la tardía luz del atardecer una navaja cabritera de bastantes muelles, no cabe decir que los "valientes" salieron huyendo.

NOTA DEL AUTOR: He denominado a los agresores como "soldados más antiguos" y no los he calificado como "VETERANOS" porque para ser denominado como tal, es necesario dar ejemplo y no dar asco. El puño americano fue decomisado esa misma noche y el fulano pasó catorce días de prevención, yo no recordaba nada de ninguna navaja.

Luis Antonio sí me había visto y cuando nos cruzábamos por el cuartel, además de saludarme con la venia, acostumbraba a acompañar el movimiento de la mano con un comentario. Casi todos los miércoles se personaba en la oficina del Escuadrón para solicitar el pase de fin de semana y su trato era tremendamente educado, a pesar de tener el aspecto de "malo" en un personaje del tebeo o de miembro de una banda mejicana en alguna película de mi querido Fernando Sancho (EPD).

Los fines de semana que no se le concedía el pase de salida, deambulaba durante todo el día o solicitaba permiso para trabajar en los talleres durante todas las horas posibles, su mirada se tornaba más triste y su expresión torva, perso sin perder nunca la buena educación y la humildad. Una de esas tardes de sábado, estaba como suboficial de retén y al pasar por la cantina, lo vi sentado solo en una mesa con una cerveza en la mano, ni tan siquiera la había comenzado y a la temperatura ambiente pronto tendría el punto de un plato de sopa.


No volví a verlo hasta la hora de retreta en la que fui a buscar varias cosas para llevármelas al cuerpo de guardia del Retén. Estaba algo bebido, pero conservó su talante. Al siguiente lunes hablé con el sargento especialista que era su jefe en el taller de chapa y me habló maravillas del chaval, pero también recalcó su caracter reservado y un silencio perenne. Lo mismo pregunté a otros compañeros y la respuesta resulto igual, trabajador, noble, cumplidor, pero silencioso y distante.

Llegó el miércoles y pasó por la oficina para pedir el pase de fin de semana. He de añadir que mi capitán, al que siempre querré como a otro padre, era un gran tipo pero muy reacio a conceder permisos masivos en el Escuadrón. Acostumbraba a decir que el Pacto de Varsovia nos iba a invadir en fin de semana, en agosto, en Navidad, fin de año o el primero de enero. Todos los que había pedido permiso, no sabían que se irían para casa hasta el mismo viernes. También muchos pernoctas acostumbraban a quedarse en el cuartel en vez de ir para casa todos los días.

Cuando Luis Antonio retornó la solicitud, lo llamé por su nombre y tras un "¡A sus órdenes, mi Primero!", me ofrecí a acompañarle hasta el taller, ya que tenía unos tramites que realizar, no era cierto y ya estaba avisado también su sargento, tardaría en regresar. Y al pasar por la cantina casi lo empujo para que entre:

- ¿Que vas a tomar? - le pregunté.

- Una tónica fresquita, mi Primero. Yo no bebo.

- Hace unos día te vi con una cerveza - le dije mientras le daba un trago a mi Coca Cola de lata - y la navaja de cortar el queso.

- Mi primero - tartamudeó - la navaja...

- Era la navaja del queso y se acabó el tema - dije con un fingido cabreo - lo que quiero saber es lo de la cerveza.

Tardó en responder casi una eternidad, liquidó la tónica de un solo trago y rompió a llorar como un niño. Me abrazó y se deshizo ante el camarero y los cuatro o cinco compañeros que había en esos momentos en la cantina. Su llanto resbaló por las paredes, empañó los corazones y contagió a los que allía estaban.

Cuando se calmó, ya tenía otra tónica fresquita en el mostrador y me explicó su historia:

- Verá Usted, mi Primero - dijo aún entre lágrimas y tras darle un tanto a la tónica. El camarero por su parte y bajo su responsabilidad y anos había repuesto la bebida y añadido un planto con chorizo y queso - Yo tengo ahora casi veintinueve años, he estado tramitando documentación para hacer la mili con la edad ya cumplida y estar solo seis meses.

Asentí a su afirmación, ya que en el cuartel había varios soldados en esa condición pero todos por prórrogas para estudios.

- Desde hace dos años - todo lo que diga Luis Antonio debe leerse con el hermoso acento gaditano - no he parado de trabajar todos los días, nunca hice una sola fiesta y todo el dinero lo hemos ahorrado para que a mi mujer y a mi hijo no les faltara de nada durante ese medio año de mili. Pero ya sabe Usted lo que pasa, mi Primero... cuando el pobre lo tiene "tó enhebrao", resulta que se parte el hilo o la tela para coser era de otro color.

Le pegó otro tiento a la tónica.

- ¿Y que te pasó con el hilo, Luis? - le pregunté dando un solo mordisco a aquel puñetero y bendito queso manchego tan delicioso.

- Pues, verá Usted, mi Pimero....

- Estoy esperando.

-¡Que la preñé, mi Primero, la preñé!

- ¿Y dónde está el problema, tenéis dinerillo ahorrado?

Volvió a romper en llanto inconsolable y cayó de rodillas al suelo con toda la pena escapando entre sus gemidos, entre su desgarro y dolor. Casi una hora me costó calmarlo y nos estaba llegando el momento del descanso para que la cantina se llenase de gente.

- Luis Antonio ¡Dime cúal es el problema!

- Mi Primero, que a mi hija aún no la he podido tener en brazos, está ingresada en la UCI desde que nació hace seis meses y todo lo que he ganado antes de venir no ha sido suficiente, por eso pido los fines de semana para poder trabajar y dejar dinero en mi casa, porque al hospital a ver a mi hija voy poquito rato.

- ¿Y cuanto ganas trabajando solo el fin de semana?

- ¡¡¡Mucho, mi Primero!!!

- ¿Y de qué trabajas?

- Soy feriante, mi Primero.


¡MENUDO PROBLEMÓN! 

¡Total que lo mandé a su taller y me fui a ver al Capitán! Le expliqué la historia, sen conmovió y me advirtió que en todos sus años de servicio, había vivido embustes de todos colores, falsedades de gran calibre y cuestiones inverosímiles... era miércoles y había que empezar a confeccionar los pases de fin de semana. Me la estaba jugando por un tipo que me parecía buena persona, pero las opiniones de mi capitán pesaban mucho, no por miedo al arresto, si no por fallarle.

Entré en su despacho al cabo de una hora larga y estaba al teléfono hablando con otro teniente, de vete a saber donde.

- ¡Perfecto, mi teniente! Te estoy muy agradecido, quiero facilitarle la vida al chaval y nos faltaba tu confirmación. Si vienes por Madrid, pasa por el Regimiento y pregunta por mi.

Colgó el teléfono y me dice:

- ¿Sabes quien era ese teniente?

- No, mi capitán.

- El del puesto de la Guardia Civil, conocen a Luis Antonio. Es feriante por toda la provincia y muy buena persona. Lláma al Chapa y Pintura y que suba volando.

- Gracias, mi capitán. A la orden - repliqué más feliz que una lombriz.

- Como ese tío te haya soltado un rollo - me dijo con medio cuerpo ya fuera del despacho - te mando al Puerto de Santa María y no para que vayas a la feria - un calambre recorrió mi pierna izquierda subiendo hasta la apretar la intimidad masculina como nunca me la apretó.

Luis Antonio llegó al despacho del capitán y entramos juntos. La retahíla que le soltó el capitán hubiera acongojado al gran Viriato. Pero Germán, mi querido capitán era una coraza con corazón de chocolate.

- Te voy a decir una cosa. Como ganes menos de cien mil pesetas el fin de semana, te meto en el calabozo hasta que resucite Tutankamón ¿Me has entendido?

- A sus órdenes, mi capitán ¿Entonces me puedo ir el lunes, mi capitán?

- ¡No! - dijo con toda la sequedad del mundo y me miró a mi señalándome con su dedo índice - hazle un pase de fin de semana desde mañana por la mañana hasta el martes a diana... y como nos invadan los polacos, te corto los pelendengues a ti.

- A la orden, mi capitán.

- Fuera los dos de aquí.

Luis Antonio me abrazó ya en el exterior, redacté el pase y el capitán lo firmó.

Entre semana era una fiera cumpliendo sus obligaciones y haciendo las cosas bien, el brigada mandó ponerle servicios de retén o de cuartelero para que descansara un poco, pero... llegaron los nuevos VEC (vehículo de exploración de Caballería) y al no tener torreta, era necesario hacerles un "algo" provisional donde poder resguardar a la tripulación de la lluvia, la metralla y poner una ametralladora MG, y hubo que tirar de Luis Antonio, pero los fines de semana se iba de permiso.

Todo estaba funcionando excesivamente bien, hasta que...


Continuara.....





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