Ante los gastos devengados en Nápoles, bajo mandato de don Gonzalo Fernández de Córdoba, S. M. don Fernando el Católico le pide cuentas ante semejante dispendio. El rey, además de un genial estratega, era bastante "cuidadoso" con la cuestión económica, por no decir "agarrao".
A los requerimientos de Su Majestad, esto le responde el Gran Capitán, cuyas cuentas fueron auditadas a mediados de los años 80 del siglo XX y es que "lo guardamos todo" que diría mi abuelo Pedro.
"Cien millones de ducados en picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo. Ciento cincuenta mil ducados en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por las almas de los soldados del rey caídos en combate.
Cien mil ducados en guantes perfumados, para preservar a las tropas del hedor de los cadáveres del enemigo. Ciento sesenta mil ducados para reponer y arreglar las campanas destruidas de tanto repicar a victoria.
Finalmente, por la paciencia al haber escuchado estas pequeñeces del rey, que pide cuentas a quien le ha regalado un reino, cien millones de ducados".

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